Espacio editorial virtual

Áreas de conocimiento

2026-Volumen 3 Julio - Septiembre

Hay momentos en los que uno se detiene un instante, mira el camino recorrido y comprende que, tal vez, lo más importante no ha sido el proyecto en sí, sino las personas que lo han hecho posible.

Hoy, al cerrar esta etapa al frente del Espacio Editorial Virtual, lo primero que siento es agradecimiento.

Agradecimiento a la SERME por haberme propuesto y brindado la oportunidad de formar parte de esta iniciativa y a todas las personas de la SERME y la SERAM que han confiado en mí y han contribuido a que este espacio exista y siga creciendo.

Cuando inicié esta etapa, el proyecto aún se conocía como Revista Virtual y era Sara Lojo la Editora Jefe. Con el tiempo evolucionó hasta convertirse en el actual Espacio Editorial Virtual, incorporando nuevas sociedades, modificando la página, ampliando su alcance y dando mayor visibilidad a los contenidos. A su vez, se continuó intentando poner en valor el trabajo de los autores de la revista Radiología, realizando comentarios críticos de algunos de los artículos publicados en cada número.

Hace poco escuché una historia que me hizo reflexionar. Hablaba de una persona que había comprado una parcela en la Luna por veinte dólares.

Durante años pensé que cosas así eran absurdas. ¿Quién iba a gastar dinero en una parcela en la Luna o en poner nombre a una estrella?

Sin embargo, esta vez entendí algo diferente. Aquella persona no había comprado una parcela. Había comprado una historia.

Y entonces entendí algo sobre mí misma.

A lo largo de los años muchas veces me han preguntado por qué sigo aceptando proyectos nuevos, por qué dedico tiempo a iniciativas que no tienen una rentabilidad económica directa o por qué acepto responsabilidades que me exigen tiempo y esfuerzo. La verdad es que nunca he sabido responder del todo bien. Pero quizá esta historia me ayudó a entenderlo.

Creo que tiene que ver con la curiosidad, con las ganas de aprender, con conocer personas interesantes y con salir, de vez en cuando, de los caminos más previsibles. Tiene que ver con aceptar retos que nos obligan a crecer y que nos sacan de nuestra zona de confort. Y también con acumular experiencias e historias que merezca la pena recordar cuando miramos atrás.

Y creo que algo parecido ocurre con muchos de los proyectos que aceptamos a lo largo de nuestra vida profesional. No siempre pueden medirse por la rentabilidad económica, el reconocimiento o el tiempo invertido. Su verdadero valor está en las personas que conocemos, en lo que aprendemos, en las experiencias que vivimos y en los caminos que se abren gracias a ellos.

Cuando acepté ser Editora Jefe del Espacio Editorial Virtual no sabía exactamente adónde me llevaría ese camino. No imaginaba las personas que iba a conocer, las conversaciones que tendría ni todo lo que iba a aprender durante estos años.

Hoy puedo decir que me llevo mucho más de lo que esperaba encontrar.

Me llevo conocimientos, experiencias, amistades, momentos compartidos y una visión más amplia de nuestra especialidad. Me llevo también la satisfacción de haber formado parte de un proyecto construido gracias al trabajo generoso de muchas personas que creen que compartir conocimiento merece la pena.

El Espacio Editorial Virtual ha sido para mí una ventana abierta a la radiología que se publica fuera de nuestras fronteras: un lugar desde el que descubrir, reflexionar y compartir.

Hace tiempo, Cristina García Villar utilizó una idea que se me quedó grabada y que con frecuencia repito incluso a mis hijos. Les digo que, si una pequeña planta es capaz de abrirse camino entre la pared y el suelo para buscar la luz, cómo no vamos a poder nosotros encontrar nuestro camino cuando algo nos importa de verdad. Creo que esa forma de mirar las cosas, con constancia, curiosidad y confianza, es también la que debe acompañarnos en nuestra profesión.

Y si algo he aprendido durante estos años es que ningún camino se recorre solo. Detrás de cada proyecto siempre hay personas que aportan su tiempo, su conocimiento y su generosidad para hacerlo posible.

Por eso quiero expresar mi agradecimiento a quienes han formado parte de esta etapa. Muy especialmente a Emili Inarejos, por la confianza que depositó en mí cuando comenzó esta aventura y posteriormente, y a Cristina García Villar, por su apoyo constante, su cercanía y su generosidad. A Isidro, por su trabajo silencioso en la parte técnica. A Ainoa y Andrea, por ayudarnos a difundir cada número. Y, por supuesto, a todos los editores de sección, que dedican su tiempo de forma completamente altruista para acercarnos la radiología que se publica en el mundo y ayudarnos a seguir aprendiendo.

Quiero aprovechar también estas líneas para dar la bienvenida a Sara Sánchez, que asumirá la responsabilidad de Editora Jefe a partir de ahora.

La conocí hace apenas un mes y medio y, sin embargo, tengo la sensación de conocerla desde hace mucho más tiempo. Es una de esas personas con las que la conversación fluye de forma natural desde el primer momento y que transmiten cercanía, entusiasmo y ganas de hacer las cosas bien. Estoy convencida de que hará un magnífico trabajo y de que el Espacio Editorial Virtual seguirá creciendo con ella al frente.

Con los años me he dado cuenta de que muchas de las personas que más admiro tienen algo en común: dedican parte de su tiempo a proyectos que difícilmente pueden explicarse en términos de rentabilidad económica. Lo hacen porque creen en ellos, porque les ilusionan y porque ayudan a otros a crecer. El Espacio Editorial Virtual ha estado lleno de personas así.

Y creo que todos los que hemos participado en él tenemos también una pequeña parcela en la Luna. No por el lugar en sí, sino por todo lo que hemos aprendido, por las personas que hemos conocido y por las historias que nos llevamos de esta experiencia.

Hoy cierro esta etapa con sincero agradecimiento.

Porque los veinte dólares desaparecen. Las historias permanecen. Y esta ha sido una bonita historia que contar.

 

Gracias a todos los que lo habéis permitido y formado parte de ella.

 

Y antes de cerrar definitivamente estas líneas, quiero acordarme de otra de esas personas que representan muy bien todo lo que he querido transmitir en esta carta.

Personas que están ahí sin hacer ruido, que preguntan cómo estás, que se alegran de tus logros y que hacen que el camino resulte mucho más fácil y seguro de recorrer.

Gracias, María Jesús Díaz Candamio (Coca), por acompañarme durante estos años. Me alegra especialmente que la siguiente reflexión del Espacio Editorial Virtual sea la tuya.

 

 

M. Luisa Nieto Morales

Editora Jefe del Espacio Editorial Virtual.

La IA pretende ser radiólogo general. Tú ya lo eres: no lo infravalores.

Oda al radiólogo general en la época de los foundation models.

Las grandes tecnológicas llevan años intentando construir una inteligencia artificial capaz de interpretar cualquier imagen médica, integrar el historial clínico del paciente, comparar con estudios previos y emitir un juicio diagnóstico contextualizado. Invierten miles de millones en intentar resolver ese problema. Eso que están intentando construir, como bien sabes, existe, en versión humana, y se llama radiólogo general.

Y tú ya lo eres. O lo fuiste en algún momento. La pregunta es ¿qué has hecho desde entonces?

Las aplicaciones de IA aprobadas hasta ahora en radiología son, sin excepciones importantes, IA estrecha. Ningún producto de IA generativa aprobado para radiología clínica utiliza modelos de lenguaje grande, LLMs; las herramientas aprobadas siguen siendo algoritmos convencionales enfocados en tareas clínicas específicas: detectar hemorragias intracraneales, predecir riesgo de cáncer de mama... Cada uno en su dominio, y de momento completamente ciegos ante cualquier cosa que se salga de su guion. El nódulo suprarrenal incidental que aparece en el campo de visión de una TC de columna es, para ese algoritmo, invisible por definición. Y no es un fallo del sistema: es el sistema.

Los algoritmos de IA diseñados para detectar hallazgos fuera del ámbito de interés primario de un estudio requieren mecanismos robustos de comunicación y seguimiento, protocolos explícitos para determinar urgencia y relevancia, e integración real con la historia clínica electrónica.  Esa infraestructura, en la inmensa mayoría de los hospitales españoles, no existe. Así que, actualmente, en 2026, la IA solo cubre parches. Es el radiólogo el que abarca el estudio completo. Y si el radiólogo también cubre solo parches, o franjas de conocimiento radiológico —porque p. Ej. lleva ocho años sin leer una de TC abdomen con detenimiento, porque eso ya no es lo suyo— el paciente queda desprotegido en esos márgenes en los que, precisamente, suelen esconderse los diagnósticos que cambian un pronóstico.

La respuesta técnica de la industria a este problema son los modelos base o foundation models. Su arquitectura es radicalmente distinta a los algoritmos actuales: utilizan mecanismos de autoatención, capaces de procesar datos multimodales a múltiples escalas, y pueden adaptarse a tareas específicas mediante aprendizaje por transferencia, ajuste fino y aprendizaje de pocos disparos.  En teoría, un modelo así podría hacer lo que hace un buen radiólogo de guardia: leer el estudio completo, cruzarlo con la clínica y los previos y generar un informe contextualizado. A diferencia de los modelos convencionales, los modelos base pueden generar borradores de informe integrando hallazgos de imagen, lecturas previas, motivo de exploración y datos clínicos.

Impresionante sobre el papel. Menos impresionante cuando uno lee la letra pequeña.

La validación de los LLMs que generan borradores de informe es especialmente compleja por el riesgo de generar texto clínicamente falso, pero lingüísticamente fluido, lo que exige verificación de alto riesgo para cada informe antes de la firma. Un sistema que inventa hallazgos con la misma fluidez con que describe los reales no es una herramienta diagnóstica, es una fuente de ruido con muy buena redacción. Y el problema regulatorio no es menor: la naturaleza generalista y en evolución continua de estos modelos contrasta radicalmente con los marcos regulatorios actuales, que exigen modelos de función fija para su certificación.  La FDA y la EMA no tienen aún un mecanismo claro para aprobar un sistema que aprende y cambia tras el despliegue. Sin aprobación regulatoria no hay uso clínico real, y sin uso clínico real todo esto sigue siendo, técnicamente, ciencia ficción bien financiada.

A lo que hay que añadir la cuestión de la responsabilidad, que la industria tecnológica prefiere dejar en un segundo plano. La Comisión Europea anunció en 2025 su intención de retirar la propuesta de Directiva de Responsabilidad por IA de su programa de trabajo.  Nadie ha resuelto quién responde cuando la IA se equivoca. La respuesta provisional —y probablemente definitiva durante bastantes años— es que responde el radiólogo que firmó el informe. El informe completo, no solo la parte correspondiente a su subespecialidad.

Imaginemos a la radióloga Dra. Pérez, neurorradióloga, 12 años de experiencia, 23 artículos en revistas Q1. En la guardia de una noche de febrero se encuentra ante un TC de abdomen urgente. Datos clínicos: “probable apendicitis”. Mira el apéndice —normal—, descarta la apendicitis, y firma. Lo que no menciona es la masa en cabeza de páncreas que lleva meses esperando a que alguien se fije en ella. Y no es que sea mala radióloga. Es que la Dra. Pérez lleva ocho años sin leer un abdomen con detenimiento, y ningún algoritmo le avisó de nada, porque el sistema instalado en su hospital solo está validado para cierto tipo de patología neurológica urgente.

Esto no es una crítica a la Dra. Pérez. Es una crítica a la idea, tan extendida como peligrosa, de que la subespecialización es un estado terminal al que se llega y del que ya no hay que salir. Y también, quizá una crítica a quienes gestionan servicios de radiología y organizan las guardias sin preguntarse si los profesionales que las cubren mantienen las competencias necesarias para hacerlo con seguridad. Pero este es otro tema, y muy complicado.

El MIR de Radiodiagnóstico español da una base formativa que muchos sistemas europeos envidian. El aprendizaje de la radiología de urgencias se considera decisivo en la formación, con un mínimo recomendado de cinco guardias mensuales de presencia física y responsabilidad progresiva a lo largo de la residencia. Ese R4 que termina la especialidad ha sufrido guardias difíciles con estudios de todo tipo. Tiene, en ese momento, y más allá de la radiología urgente y las guardias, una visión transversal real de la radiología: es aún un clásico radiólogo general.

Pero ya sabemos qué ocurre después. La anhelada subespecialización se instala, los congresos a los que va son los de la propia área, y las sesiones clínicas del servicio las copan los casos interesantes. El conocimiento transversal no desaparece de golpe. Se erosiona poco a poco, hasta que un día uno se encuentra de guardia frente a una TC de abdomen y nota que algo ha cambiado, aunque no sepa muy bien el qué.

Quizá buscando herramientas para revertir ese proceso, los organizadores del pasado 38° Congreso de la SERAM en Valencia organizaron todo tipo de sesiones transversales, intentando conservar ese vínculo de conocimiento general que debe unirnos a los radiólogos. Por otra parte, la oferta formativa, en la SERAM y fuera de ella, existe y es amplia, y de calidad. Lo que no existe es la cultura profesional que haga sentir incómodo a quien no la utiliza, ni un sistema de acreditación que lo exija de forma explícita. Quizá es algo que la comunidad radiológica española tiene pendiente de discutir, y decidir si es necesario mantener a lo largo de la carrera del profesional al menos parte de esos conocimientos genéricos, aparte de los propios de su propia superespecialización.

Hay algo que ningún foundation model, por potente que sea, va a poder entrenar en un dataset: la decisión de pedir una secuencia adicional porque algo no encaja con la clínica, aunque la imagen sea técnicamente normal. La llamada al oncólogo antes de firmar porque un hallazgo aparentemente incidental adquiere otro significado teniendo en cuenta la historia clínica. La capacidad de decir “esto no es de mi área, pero algo aquí no me cuadra” y actuar en consecuencia. Eso no es reconocimiento de patrones. Es juicio clínico, y el juicio clínico se construye con experiencia, con casos difíciles y con errores propios y ajenos.

Vale la pena detenerse un momento en lo que eso significa, porque corremos el riesgo de normalizarlo tanto que dejemos de verlo. El radiólogo es, dentro del ecosistema médico, una figura genuinamente excepcional. El cardiólogo conoce el corazón. El neurólogo, el sistema nervioso. El digestólogo, el aparato digestivo. El radiólogo conoce todos estos campos, en todas las modalidades, en todas las edades, en todos los contextos clínicos. No hay otra especialidad médica con un dominio anatómico y fisiopatológico tan transversal. Es un perfil que ha costado décadas construir como disciplina, y que cada radiólogo construye durante cuatro años de residencia a un coste formativo —personal e institucional— considerable. Renunciar a ese perfil por inercia, por comodidad o por la presión implícita de un entorno hiperespecializado no es solo una decisión individual: es desperdiciar uno de los activos más singulares que tiene la medicina moderna.

Cuando los foundation models maduren —si maduran, con todas las garantías regulatorias y de seguridad que exige la práctica clínica— van a necesitar a alguien que los supervise. Alguien que sepa cuándo confiar en ellos y cuándo no. Alguien con criterio diagnóstico suficientemente amplio como para detectar los errores de una herramienta que pretende ser generalista. Ese perfil no se va a improvisar cuando la tecnología lo requiera. Es necesario mantenerlo ahora, con cada guardia que se toma en serio, con cada esfuerzo formativo, con cada hallazgo fuera del área propia que se intenta informar con rigor. La industria tecnológica en radiología lleva años y miles de millones intentando construir ese perfil. Tú ya lo tienes.

La pregunta no es si la IA va a alcanzarte, o superarte. La pregunta es si vas a dejar que esos poderes de que dispones se atrofien antes de que lo haga. Son cruciales para la labor de supervisión de la IA que compete a los radiólogos.

 

Dra. María Jesús Díaz Candamio

Hospital Universitario A Coruña

Vocal Responsable de Comunicación de SERAM

 

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  1. Formación SERAM - SERAM https://share.google/24xvJaDV9nJo8FiHN

 

  1. 38° Congreso SERAM 2026 - SERAM https://share.google/l7wbpyoUZgC7p5lyn

 

 

 

 

 

 

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